El sismo ya pasó, pero tu cuerpo puede seguir sintiendo que tiembla. Quizás estás sentado/a y percibes que el piso se balancea, caminas y sientes que algo se mueve, o te acuestas y la cama parece desplazarse suavemente. Entonces aparece la pregunta: “¿está temblando otra vez o soy yo?”
Si te ha pasado, no significa que lo estés imaginando ni que algo esté mal contigo. Después de una experiencia que activa intensamente nuestro sistema de alerta, el cuerpo puede tardar más en recuperar su sensación habitual de estabilidad.
Cuando ocurre un sismo, el cerebro recibe mucha información al mismo tiempo: el movimiento del suelo, los objetos que vibran, los sonidos, lo que vemos a nuestro alrededor y, en muchos casos, el miedo por nuestra seguridad o la de quienes queremos. Todo esto activa nuestro sistema de respuesta ante el peligro.
El cuerpo puede aumentar su nivel de alerta para ayudarnos a reaccionar rápidamente: el corazón se acelera, aparece tensión muscular, cambios en la respiración o sudoración. Esta respuesta es útil durante una emergencia, pero la sensación de peligro puede tardar más en desaparecer que el peligro mismo. Por eso, aunque el suelo ya esté quieto, tu cuerpo puede seguir atento a cualquier señal que interprete como movimiento o amenaza.
Nuestro cerebro utiliza información de la visión, el sistema vestibular (relacionado con el equilibrio), las sensaciones de músculos y articulaciones, y el contacto del cuerpo con el suelo para saber dónde estamos y cómo nos movemos. Después de una experiencia intensa de movimiento, estas señales pueden sentirse diferentes durante un tiempo, un fenómeno que se conoce como síndrome de mareo pos-sismo.
Por eso algunas personas pueden experimentar sensación de que el piso se mueve, balanceo al estar quietas, sensación de movimiento en la cama o una silla, sobresaltos ante ruidos o vibraciones, y mayor atención a cualquier pequeño movimiento. Esto puede generar preocupación —“¿será que está temblando otra vez?”— y esa preocupación puede hacer que prestemos todavía más atención a nuestro cuerpo y al entorno.
La sensación es real
No significa que la estés inventando. Lo que puede cambiar es la manera en que tu sistema nervioso está procesando e interpretando la información después de una experiencia de miedo.
Después de una experiencia que percibimos como peligrosa, el cerebro puede mantenerse atento durante un tiempo: “¿estoy segura/o?”, “¿se está moviendo algo?”, “¿volverá a pasar?”. Esta atención constante puede hacer que percibamos como importantes sensaciones o movimientos que normalmente pasarían desapercibidos, generando un ciclo: sentir movimiento → asustarse → prestar más atención → notar más sensaciones → pensar que puede estar temblando → aumentar la alerta.
Lo primero es verificar que estés en un lugar seguro. Si existe una alerta real o las autoridades han dado indicaciones, sigue siempre sus recomendaciones. Si estás segura/o y aparece nuevamente la sensación de movimiento, puedes intentar volver al presente con estas acciones:
1. Mira a tu alrededor. Observa objetos estables y comprueba si realmente hay movimiento. Pregúntate qué está pasando ahora, no lo que podría pasar ni lo que pasó hace unas horas.
2. Siente tus pies sobre el suelo. Presta atención al contacto de tus pies con la superficie. Mover lentamente los dedos o sentir el apoyo de tus piernas puede ayudarte a conectar de nuevo con las señales de estabilidad de tu cuerpo.
3. Respira sin exigirte “calmarte”. No necesitas obligarte a dejar de sentir miedo. Intenta que tu respiración sea un poco más lenta y cómoda: inhala suavemente y exhala de manera pausada.
4. Reduce la sobreexposición a noticias. Revisar constantemente videos, redes sociales o alertas puede mantenerte en estado de vigilancia. Busca información en fuentes oficiales y establece momentos puntuales para informarte.
5. Habla con alguien. Poner en palabras lo que sientes —“todavía siento que tiembla y esto me está asustando”— puede ayudarte a no quedarte sola/o con esa sensación y a recuperar seguridad.
Si alguien te dice “siento que todavía estoy temblando”, no respondas “eso está en tu cabeza”. Puedes decir: “estoy aquí contigo” o “vamos a revisar que estemos seguros y nos tomamos un momento”. Acompañar no significa eliminar el miedo de la otra persona; significa ayudarle a sentirse acompañada/o mientras recupera poco a poco la calma. Con los niños y niñas, explicar lo ocurrido de forma sencilla y apropiada para su edad, sin negar lo que experimentaron, también ayuda.
Las reacciones después de una emergencia son distintas para cada persona. Vale la pena prestar atención si el miedo, la ansiedad o la sensación de peligro son muy intensos, persisten o aumentan, afectan de forma importante el sueño, dificultan trabajar, estudiar o realizar actividades cotidianas, generan vigilancia constante, o hacen que evites lugares o actividades que antes formaban parte de tu vida. En estos casos, buscar acompañamiento profesional también es una forma de cuidarte.