No todo lo que duele se ve en un examen médico, pero eso no lo hace menos real.
Hay días en los que el cuerpo pesa más de lo normal.
Te sientes cansada, tensa, irritable o sin energía, aunque “en teoría” todo esté bien.
Duermes, comes, sigues con tu rutina… pero algo no se acomoda.
Muchas veces, cuando el malestar no tiene una causa física clara, empezamos a dudar de nosotros mismos:
“Seguro es estrés”, “ya se me pasará”, “no es para tanto”.
Y sin darnos cuenta, aprendemos a convivir con el malestar como si fuera parte normal de la vida adulta.
Pero el cuerpo no inventa sensaciones.
Solo encuentra formas de expresar lo que llevas sosteniendo por dentro.
Emociones que no se dicen, límites que no se ponen, exigencias constantes o duelos que no se procesan pueden terminar manifestándose como dolores, fatiga, tensión muscular o una sensación persistente de incomodidad.
No como una falla, sino como una señal.
A veces las señales son sutiles:
Nada de esto significa que “estés mal” o que no estés haciendo lo suficiente.
Muchas veces significa que llevas demasiado tiempo priorizando todo menos cómo te sientes.
Escuchar ese mensaje no es exagerar ni dramatizar.
Es empezar a cuidar tu salud de forma más completa.
No se trata de cambiarlo todo de golpe. A veces, empezar es mucho más pequeño:
Estas no son soluciones mágicas, pero sí pequeñas formas de reconectar contigo y dejar de ignorar lo que tu cuerpo viene diciendo.
La terapia no busca etiquetar ni forzar respuestas rápidas.
No se trata de encontrar algo “grave”, sino de entender qué te pasa.
Es un espacio para poner en palabras lo que el cuerpo ya está expresando, darle sentido a tus emociones y encontrar formas más amables de habitar tu día a día.
Un lugar donde no tienes que estar bien, solo ser honesta contigo.
Sentirte mejor no siempre empieza en el cuerpo, pero casi siempre pasa por escucharlo.
Atender tu salud emocional también es una forma de prevenir que el malestar siga acumulándose.